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RUBIELOS DE MORA

Rubielos de Mora (Aragon)

En el interior de la Sierra de Gudar, se encuentra Rubielos de Mora, donde corren toros ensogados para celebrar la fiesta de la Virgen del Carmen. La Comisión de fiestas está formada por el Ayuntamiento y las Señoras Camareras de la Virgen del Carmen (cuatro damas pertenecientes a las antiguas familias de la villa) .



En Rubielos se corre el toro con una sola soga. Lo sacan del Corralico, en la plaza del Plano, y las calles que allí concurren, los portales y los balcones de las casas se llenan de gente ansiosa y reluciente. Se oyen cosas así:

"A mí lo que más me gusta es la salida. Enseguida que irrumpe el toro en la calle sé si va a ir o no va a ir" El caso es que la expectación y las ganas de jugar con el toro son tremendas en todo el mundo, y Fernando Ballesteros, el torilero por tradición, aguarda tranquilo a que Palomar, o Manolo, le manden abrir la puerta.

Lo primero que aparece es el cabo de soga de 25 metros y luego los sogueros, cinco, siete. Lo ideal es que sean cinco, se conjuntan mejor. De la fortaleza y de la inteligencia de estos hombres depende la seguridad del gentío que se desplaza a olas intensas, alborotadas, ya que saben dar soga y replegar, detener, clavar al animal y evitar la cogida. Hay muchos sitios para escabullirse, los portales están abiertos, la carretera, las calles, las rejas, el Plano ancho salpicado de gritos, risas, mezclado de edades y salutaciones.

Cuidan mucho los mozos ensogadores de que la soga sea de cáñamo puro para que no ceda. La frotan con alfalfa para protegerse las manos y lograr una mayor resistencia, y la suele pasear un mozo, delante de la música, en el pasacalles que anuncia la fiesta. Cuidan igualmente de que el nudo no apriete la testuz y oprima la cabeza del toro, el cual debe sentirse suelto, como libre, en tanto no se produzca el tirón de los nervudos brazos. Si entre el soguero que tanto controla al animal y éste hay coordinación de movimientos, el toro dará mucha guerra.

Los sogueros tienen que correr delante del toro, se la juegan. Hay que andarse listo para que el astado no atrape al soguero en un arranque impetuoso, desbordante. Desde la plaza del Plano hasta la plaza de la Sombra hay cuatrocientos metros de carrera loca, despavorida. Un tropel de gente se cuela bajo el arco de San Antonio y tira calle abajo persiguiendo al toro. En esta carrera no hay otra defensa que la ligereza de los pies, el aguante, la resistencia física, y que las gentes de los portales despisten con trapos la obsesión ciega del toro que lleva en volandas a los más arriesgados.

Los sogueros saben que la madrugada del día 15 de septiembre es caliente, brava, que los mozos no han dormido apenas, que el vino, la cerveza, la ginebra han sublevado la sangre, y tienen que extremar precauciones. Los sogueros saben que en el rincón más hondo de la plaza de la Sombra se sitúa medio centenar de abuelos, a pecho descubierto, y que el toro embiste y los repliega en un puño hasta clavarse a un metro del apretado cogollo de viejos que vibran de emoción.

Toda suerte de aconteceres se da esa mañana insólita en el corazón de la fiesta mayor de Rubielos, con el despertar lento del rumor que rueda de calle en calle empujado por el toro, el cual gusta de los patios abiertos donde se cuela persiguiendo gritos, espantos. Y en cada recodo, en cada ángulo, anda el toro hurgándoles el miedo a los más valientes.

Hay que decir, en honor a la verdad, que en Rubielos nadie castiga al toro, y que tanto los emboladores del toro de fuego como los sogueros del toro de cuerda o de soga tienen a gala cumplir su cometido con tanta destreza como eficiencia, pues respetan a este animal que les proporciona muchas horas de juego al año».

Del libro "La Tauromaquia Aragonesa" de Alfonso Zapater
(Fotografias Gema Losada & Gerardo Abril)